Un accesorio ergonómico no arregla un puesto mal montado. Su papel es tapar el hueco que deja el mobiliario cuando ya has ajustado lo importante: si subes la silla hasta que los codos quedan a la altura del teclado y los pies se quedan colgando, el problema no lo resuelve otra silla, lo resuelve un reposapiés. El RD 488/1997 lo dice con esas mismas palabras: «se pondrá un reposapiés a disposición de quienes lo deseen».
Aquí conviene ser honesto con el tamaño del efecto. Estos productos cuestan entre 14 y 60 euros y ninguno de ellos es un tratamiento. Lo que hacen es cambiar la geometría del apoyo —el ángulo de la rodilla, la curva de la zona lumbar, la altura de la palma o la cantidad de luz reflejada que llega al ojo—, y eso solo se nota si esa geometría era el problema. Comprar un reposamuñecas para un dolor que viene de un ratón mal dimensionado no arregla nada.
El criterio de análisis es el mismo que en el resto del sitio: solo se comparan cifras que el fabricante publica. En esta categoría eso es especialmente relevante, porque es donde más se abusa del lenguaje médico en las fichas de Amazon. «Mejora la circulación» no es un dato; los 10, 13 o 17 centímetros de altura regulable, los 15° de inclinación o los 28° de ángulo de visión de un filtro, sí.